El Discurso de la Verdad (1671)

EL DISCURSO DE LA VERDAD (1671)

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Este hermoso tratadito, que escribe el Siervo de Dios en 1671, por los mismos días en que está componiendo los borradores y el original de la Regla.  Viene a ser como un   complemento de esta su vida espiritual y de reforma.

a) Descripción bibliográfica.

El título es del tenor siguiente: Discurso/ de la/ Verdad/ Dedicado/ A la alta Imperial Magestad/ de Dios. / Compuesto por D.  Miguel Mañara Vicentelo de Leca, Cavallero del Orden de Calatrava, Hermano Mayor de la Santa/ Caridad de N. S. JesuChristo.  (Adorno tipográfico).  En Sevilla/ Por Thomas López de Haro, Mercader de/ Libros, y Impressor, en las Rebueltas/ junta a Imagen 1679. / 8º, 4 hojas al principio sin foliar, 78 pgs.  numeradas.

La primera edición, anónima, es del 1671; se publicó asimismo una segunda edición antes de la que aquí describe, pero ni de una ni de otra se conocen ejemplares. En esta del 1679 se añade esta Advertencia al lector: “Este libro se ha impreso otras dos vezes, ocultando el Autor su nombre, porque su humildad le obligó a ello. Pero habiendo ya muerto y con grande fama de santidad, ha parecido a muchas personas ser de más utilidad de los fieles se vuelva a imprimir con el nombre del Autor, porque la veneración, que   todos le tienen, cuidará que hagan más aprecio de la doctrina que en él se encierra, y que lo lean con mayor aprovechamiento de sus almas”.

b) Valoración del Discurso.

Enmarcado en la literatura ascético-espiritual de mediados del s.  XVI español, a más de las características propias de Miguel Mañara participa de una ideología y de unas  maneras   de  expresión -desprecio de la vida, valoración de la muerte y descripción  barroca de las postrimerías-  muy en boga en los autores espirituales y predicadores de entonces,  y que cuadra maravillosamente con ese estilo descarnado, decidido y  tremendamente sincero del Siervo de Dios,  que ya conocemos un poco tanto por sus   cartas como por los discursos que nos recogen las actas de los cabildos.

En esta valoración de la muerte y en el desprecio de las vanaglorias del mundo se le ha comparado con el Kempis, las Coplas de Jorge Manrique, el Tratado de la vanidad del mundo del P. Estella, la Diferencia entre lo temporal y eterno del P. Nieremberg o la Guía de Pecadores del P. Granada. Apunta Valdenebro, en las notas que añade a su edición de la obra de Cárdenas, que “tal vez no haya otro que haga sentir al hombre su propia miseria, la nada de sus deseos mundanos, el fin que espera a su miserable cuerpo, el juicio que aguarda a su alma, como este trozo de prosa limpia y sencilla, escrita por nuestro Venerable: hombre tan poco letrado que no sabía ni aún latín

Y el francés Latour no duda   en calificarle de “grande oraison funébre de toutes les vanités humaines” y “qu’on croirait écrit de la puisante main de Bossuet”. EI P. Juan Mir, S. J., en su obra Frases de los autores clásicos españoles, Madrid 1897, recoge los 19 primeros apartados del Discurso de la Verdad en los que él llama “Dechados de estilo clásico”. Y Méndez Bejarano, en su Historia de la Filosofía en España, Madrid   1928, pp. 317 s. dice sobre el Discurso: “En el ascetismo español se dibujan dos formas: una serena, didáctica, representada por Nieremberg; otra ardiente, casi apocalíptica, simbolizada en Mañara, cuyas palabras de fuego dejan en el alma la silueta del rayo […]”. “No comprendo cómo, sobre la vulgar falange de hueros ascéticos, secos y aburridos, no exaltan los historiadores literarios la grandiosa figura de Miguel Mañara [..].  En ningún clásico se hallará calor y energía comparables a los párrafos del Discurso de la Verdad […].  Nada hay tan emocionante, tan apocalíptico, tan descarnadamente sublime en los círculos del Dante”.

Como hace Mañara en sus cartas -la escrita con ocasión de la casa del “Ave María” de Madrid, la que manda a los hermanos de Antequera, y la que veremos luego con motivo de las comedias en Sevilla también aquí, en una prosa ardorosa, intransigente y afectada a veces del barroquismo de la época, Mañara va acumulando argumentos, ruega, exhorta, trata de convencer, de arrancar la adhesión del lector. A veces la frase se infla, se amplifica en un largo periodo, a la moda española, perfectamente seguido y armoniosamente acabado. Logra, en fin, hacer un estilo propio, de tipo castrense y acerado, que hace de Miguel Mañara un clásico de nuestra literatura y que es difícil que pueda ser confundido con otro alguno.

c) Su temática espiritual.

El Discurso de la Verdad puede considerarse como una especie de breviario espiritual de la enseñanza y de las experiencias que vive el Siervo de Dios sobre su tema preferido; “Memento homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris”. Es la “primera verdad -dice al principio- que ha de reinar en nuestros corazones: polvo y ceniza, corrupción y gusanos, sepulcro y olvido”. De ella, así como de la muerte, ha de seguirse la gran lección del desengaño. “¿Qué importa, hermano, que seas grande en el mundo, si la muerte te ha de hacer igual con los pequeños?  Llega a un osario, que está lleno de huesos de difuntos. Distingue entre ellos al rico del pobre, al sabio del necio, al chico del grande.  Todos son huesos, todas calaveras, todos guardan una igual figura”. O lo que añade luego: “¡Oh justicia de Dios, ¡cómo igualas en la muerte a la desigualdad de la vida!  ¿Qué cosa hay tan horrible como el hombre muerto?

Estas ideas las encontramos por doquier en la vida del Venerable Mañara. “Su conversación ordinaria era de los novísimos”, dice de él el conde de Torrepalma. Y su   director  espiritual, D. Juan Santos, asegura que esas meditaciones sobre la muerte y el  juicio, la vanidad y desengaño del mundo  “las  tenía escritas y formadas a su modo y en su estilo, para que hiciera mayor operación en su alma”  Hemos visto cómo las pone también a la consideración de los hermanos, en los puntos que les deja para meditar todos los meses y que justifica con estas palabras: “Estos son los asuntos que nosotros, los pecadores, hermanos indignos de la Santa Caridad de nuestro Señor JesuCristo, pedimos y queremos nos prediquen nuestros muy amados padres espirituales en las juntas de cada mes, para mayor gloria de nuestro Señor Dios y de su santo Evangelio y aprovechamiento  de  nuestras ánimas pecadoras, que  tanto le ofendieron […]. Para cuyo fin, ningún medio es más eficaz que la verdad de nuestros novísimos”.  Y lo que les pide entonces lo sancionará para en adelante, viendo que en ello cumplía con un deber primordial: “Y así pedimos a nuestros hermanos venideros no permitan se predique en las dichas juntas otro asunto que el que aquí va referido, por ninguna razón ni pretexto, por ser así la voluntad de Dios. Y si no lo hiciesen, el Señor se lo demande; que nosotros   con este requerimiento, hemos cumplido, deseando desde agora su salud”. Y como   recuerdo también literario, las dejó comprimidas en este precioso soneto que él mismo   compusiera y “que puede ponerse al par de los mejores que hay en castellano” según refiriera Valdenebro en su comentario a la obra de Cárdenas.

Vive el rico en cuidados anegado:

Vive el pobre en miserias sumergido.

El monarca en lisonjas embebido;

Y a tristes penas el pastor atado.

El soldado en los triunfos congojado,

Vive el letrado a lo civil unido;

El sabio en providencias oprimido;

Vive el necio sin uso a lo criado.

El religioso vive con prisiones;

En el trabajo boga oficial fuerte;

Y de todos la muerte es acogida.

¿Y qué es morir? Dejarnos las pasiones.

Luego el vivir es una amarga muerte:

Luego el morir es una dulce vida.

No es extraño que las quisiera dejar también grabadas en la obra de arte, que estaba preparando para su iglesia. Y lo hace por medio de su amigo, el gran pintor sevillano Juan Valdés Leal, que pinta para Mañara sus famosos cuadros o jeroglíficos de las postrimerías, que llevan los lemas: Finis gloriae mundi e In ictu oculi, y que todavía, bajo el coro, adornan la entrada principal de la iglesia de la Caridad. Los cuadros estaban terminados en 1672: “Item, dos lienzos con molduras doradas de jeroglíficos de nuestras postrimerías; cinco mil setecientos y cuarenta reales vellón” (Cabildo de 28 de diciembre de 1672: Libro III de Cabildos). Nadie duda hoy de que estos cuadros no solo se debieron a la iniciativa del Venerable, sino que responden a la idea que él mismo fuera sugiriendo al pintor. El P. Cárdenas nos dice taxativamente que “asimismo se pintó difunto, consumida la carne, descubriendo sólo la armazón de la calavera y huesos” (Breve relación, p. 78). El mismo Venerable se lo dejó decir un buen día a D. Pedro de León: que había ordenado poner a un caballero de Calatrava “porque en todo le figurase mejor”.  Y el conde de Torrepalma afirma a su vez “que en uno de ellos mandó pintar en un ataúd un caballero muerto con el manto capitular de la Orden de Calatrava, comenzado el rostro a comer de gusanos; y que le dijo al testigo el Siervo de Dios algunas   veces, el haberlo hecho pintar así por ser aquel su retrato verdadero”.

Gestoso y Pérez (Valdés y Mañara, Sevilla 1890 y Biografía de Juan Valdés Leal, Sevilla 1917, pp.  110-120) encuentra gran parecido entre este rostro y el hermoso retrato del Siervo de Dios, que más tarde hiciera el mismo pintor, y que se conserva en la sala de cabildos de la Hermandad. Y no duda en afirmar que el primero fue diseñado a inspiración del mismo Mañara, quien buscaba “compenetrarse más con el tristísimo espectáculo de la muerte, viéndose en vida tal y como llegaría a estar su cuerpo, presa de la corrupción, pudriéndose en su féretro, abandonado de todos, en obscuro y hediondo subterráneo, así como su pluma lo había tomado de su imaginación y lo había expresado en el Discurso de la Verdad”. De hecho, puede verse expresada la idea de la bóveda y de los despojos humanos, en los apartados III y IV del citado Discurso. No es extraño, pues, que tanto en las conversaciones tenidas como en estos escritos del Siervo de Dios se inspirara el famoso pintor Sevillano.

A la idea de la muerte, sigue en el Discurso la idea del dolor de los pecados y de la   conversión. No es bueno retardarla y “locura -nos dice- es dejar la enmienda para el último instante, pues puede ser que ésta no tenga entonces lugar”.  “Hermano mío -amonesta-, si quieres tener buena muerte, en tu mano está: ten buena vida. Que con buena vida no hay mala muerte; ni buena muerte con mala vida

Se ha de jugar a la muerte o se ha de jugar a la vida. Y es necesario escoger. La última advertencia que nos deja en el Discurso es por sí sola significativa: “Ruégote, ahora, hermano mío, que con maduro juicio te pongas en medio de estos dos montes tan   opuestos.  Libre albedrio tienes: elige; que para coronar Dios tus obras y para que tengan   mérito, te pone en libertad. Elige, porque has de morir” Aquí tenemos esta faceta   inconfundible del Siervo de Dios. A más del hombre de la caridad, del gran   limosnero y del hermano de los pobres, ha pasado a la historia como el gran asceta de la muerte y de la miseria humana. Asimismo, se llamará hasta el fin de sus días “hombrezuelo”, “gusano”, “hermano de los jumentos”, “sucio y abominable cuerpo”, “cuerpo hediondo”.   O lo que deja escrito en su Testamento: “Item, mando mi cuerpo a la tierra, a la   corrupción y gusanos, mi madre y mis hermanos, que lo tengan en depósito hasta que el Señor de todas las cosas, al fin del mundo, lo vuelva a la vida”.

Con todo ello busca esa reforma integral de la vida, que iba exigiendo, por otro lado, a sus hermanos de la Caridad por medio de la nueva Regla.

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