Bienaventurado Miguel Mañara: un modelo para nuestros días

BIENAVENTURADO SIERVO DE DIOS MIGUEL MAÑARA, UN MODELO PARA NUESTROS DÍAS
1. La llamada universal a la santidad y Don Miguel.

El Señor llama a todos a la santidad y así lo proclama con fuerza el Concilio Vaticano II: “Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre”. Ya en el siglo XVII Miguel Mañara exhortaba a los hermanos de la Santa Caridad en la Regla a servir a Dios “adonde Su Majestad altísima quiere le sirvamos, pues en todos estados ha habido gloriosos ejemplos para alentar nuestra flaqueza imitando sus virtudes”. Abundando en esta idea afirma el Venerable: “Y para satisfacción de nuestra malicia, si dijere el casado, estado me diste con que olvidé tu Nombre, le dirán que miente, que otros con el mismo estado se salvaron y fueron santos”. Exhorta Don Miguel a hacer con perfección el oficio que Dios nos ha repartido y no gobernar su providencia. El que leyere la Regla de Mañara verá como el seglar debe combinar las exigencias de su actuación en el mundo en el ejercicio de sus tareas propias, familiares y profesionales, con la entrega a un compromiso cristiano de testimonio de amor a Cristo y de entrega a los hermanos por la caridad.

2. El espíritu de las Bienaventuranzas y Miguel Mañara.

Para llegar a ser un buen cristiano es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el sermón de las Bienaventuranzas porque bienaventurado o feliz pasa a ser sinónimo de santo, porque expresa, según el Papa Francisco, que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha. Siguiendo al Papa, en su Exhortación Apostólica “Gaudete et exsultate” recordemos las distintas bienaventuranzas y veamos nosotros cómo Don Miguel intentó llevarlas a la práctica en su vida.

“Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” Los pobres de espíritu son los que no colocan la seguridad de su vida en las riquezas, sino que tienen un corazón pobre en que puede entrar el Señor con su constante novedad. Es lo que San Ignacio de Loyola llama “santa indiferencia” que da libertad interior, es decir, no querer más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás. Pero también está relacionada la pobreza de espíritu con el ser pobre a secas viviendo una existencia austera y despojada como Jesús que, siendo rico, se hizo pobre. Miguel Mañara trata de seguir el ejemplo del Divino Maestro. Deseando vivir en suma pobreza, se desprende de sus bienes y de sus criados, reduce sus gastos, viste con sencillez, se priva de comodidades y duerme en un corcho sobre el suelo. Nada considera como suyo y habla contra la codicia y la vanidad, haciendo siempre un gran aprecio de la pobreza. Se desprende de su casa palacio y se va a vivir a una humilde casa y luego a una celda de la Caridad y trata de imitar en todo a los pobres haciendo la vida de los Hermanos de Penitencia que él mismo había fundado. Finalmente, manda que se le entierre como a un simple pobre.

Ser pobre en el corazón, esto es santidad. “Felices los mansos, porque heredarán la tierra”

La mansedumbre es lo contrario al orgullo y la vanidad. Jesús dice de sí mismo que es manso y humilde de corazón. La mansedumbre es un fruto del Espíritu Santo y también es una expresión de la pobreza interior de quien deposita su confianza solo en Dios. Los mansos esperan en el Señor y verán cumplidas en sus vidas las promesas de Dios. Hombre de noble cuna, rico y poderoso caballero, el Siervo de Dios aprende a despreciarse a sí mismo, a reconocerse como muy poca cosa ante los demás y a humillarse ante el Señor cuando le vienen tentaciones de
soberbia. Se hace pintar a sí mismo como un cadáver lleno de pobredumbre, se da epítetos humillantes y despreciativos, se reconoce de poco talento, acepta con mansedumbre las injurias. Cuando inaugura el hospicio, él mismo ayuda a barrer el local, prepara camas y tarimas, da de comer a los pobres, besa sus manos, les lava los pies, los recibe en brazos. Por amor a los pobres renuncia a los cargos civiles. Finalmente, manda que pongan su cadáver en el suelo, que sea enterrado fuera de la iglesia para ser pisado por todos.

Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad. “Felices los que lloran, porque ellos serán consolados”

El mundano ignora y mira hacia otra parte cuando hay problemas de enfermedad o dolor a su alrededor. El mundo no quiere llorar, prefiere ignorar las situaciones dolorosas, cubrirlas, esconderlas. La persona que ve las cosas como son realmente, se deja traspasar por el dolor y llora en su corazón, es capaz de tocar las profundidades de la vida y de ser auténticamente feliz. Esa persona es consolada con el consuelo de Jesús y no con el del mundo. Así se atreve a compartir el sufrimiento ajeno, socorre al otro en su dolor, comprende la angustia ajena, alivia a los demás. Siente que el otro es carne de su carne, no teme acercarse hasta tocar su herida, se compadece hasta que las distancias se borran. Miguel Mañara ha pasado a la historia como gran apóstol de la caridad, padre y amigo de los pobres. Supo llorar con ellos y consolarlos. Ya desde joven se distingue por su liberalidad y por sus limosnas. Siendo casado, ayuda a no pocas personas, acoge a criar a niños abandonados y socorre a pobres y enfermos. Recibido en la Hermandad de la Santa Caridad se ofrece como voluntario para asistir a los entierros de los pobres. Pierde a veces el sueño “pareciéndoles que eran sobradas las comodidades que tenía habiendo tantos pobres desabrigados y que al mismo tiempo se le representaban pidiéndole refugio”. Llama a los pobres “retratos de Jesucristo”, “mis señores los pobres”, “imágenes de Dios”, “otros Cristos”, “sus muy caros y amados hermanos”. Funda el hospicio y allí recibe a todos los que llegan pobres y enfermos, les lava los pies, les cura las llagas, hace que se calienten, les da un poco de alimento y les busca acomodo donde reposar. Siente predilección por los niños desamparados y por aquellos enfermos incurables o infecciosos, que no son recibidos en los demás hospitales de la ciudad. Busca limosnas y aporta bienes de su patrimonio para mantener la obra. Su ayuda no es sólo material sino también espiritual. Su obra no queda limitada a los pobres que recoge en el hospicio sino que se extiende a todos los que puede encontrar por la ciudad: a los que viven en pobres chabolas, a los vergonzantes que él conoce secretamente, a las jóvenes que están en peligro o que no tienen medios para hacerse religiosas, a los de familia numerosa y que pasan hambre. Sienta a los pobres en su propia mesa, reparte pan por las calles. También se preocupa por los condenados a muerte a quienes prepara para bien morir, les acompaña hasta el suplicio y recoge y entierra cristianamente sus restos mortales. En definitiva, no descansa hasta hacer llegar a todos su consuelo y
su ayuda.

Saber llorar con los demás, esto es santidad.

“Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados”

La justicia que propone Jesús empieza a hacerse realidad en la vida de cada uno siendo justo en las propias decisiones, y luego se expresa buscando la justicia para los pobres y débiles. Justicia es la fidelidad a la voluntad de Dios con toda nuestra vida y se manifiesta especialmente en la justicia con los desamparados. Precisamente, Miguel Mañara, para guardar la justicia y para la gloria de Dios decide dedicar su vida al servicio de los pobres, pues dice repetidas veces que todo lo que tenemos, en propia justicia, se les debe a ellos. Por causa de la justicia distribuye sus bienes para los pobres, protesta cuando les quieren recibir como simples mendigos en el asilo del Ave María de Madrid, cuando no son recibidos en la enfermería de la armada real, cuando las autoridades ponen trabas para la creación o ampliación del hospicio. En punto de justicia respecto de los pobres no admite componendas. Por justicia reclama asimismo, aún ante el arzobispo de Sevilla, el poder tener el Reservado y los Santos Óleos en la capilla de la Caridad.

Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad.

“Felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”

La misericordia tiene dos aspectos: es dar, ayudar, servir a los otros, y también perdonar, comprender. Dar y perdonar es intentar reproducir en nuestras vidas un pequeño reflejo de la perfección de Dios, que da y perdona sobreabundantemente. Bien sabía Miguel Mañara que formaba parte de un ejército de perdonados por la Misericordia Divina. Así lo expresa en su testamento: “Mando mi alma, con toda entera y libre voluntad, a Dios nuestro Señor, que la crió y la redimió, y aunque indigna (por sus abominables pecados) de acotar con tal santidad y pureza como la de su divina Majestad, pongo por medianera delante de su recta justicia la sangre de mi Señor Jesucristo, e invoco por mi especial abogada (gran cosa fuera el ruego de los santos, la bondad de los ángeles, la intercesión de la Virgen nuestra Señora; así lo confieso) pero yo elijo por mi especial abogada a la misericordia y entrañable caridad de Dios mi Señor: ella me cubra, ella me defienda, ella me ampare delante de su tremendo juicio. Padre mío, padre mío, padre mío, acuérdate que tienes misericordia; y espero firmísimamente que por los méritos de mi Señor Jesucristo, sacrificio nuestro, en algún tiempo he de ver tu paternal rostro, y con esta esperanza vivo y muero”.

Mañara, que dio tan abundantemente a los pobres no sólo sus bienes sino su vida misma, también es capaz de pedir perdón y de perdonar. Así se expresa de nuevo en su testamento: “Y pido por amor de Dios todopoderoso a todas las personas a quien hubiere ofendido, que serán muchas, y a las que hubiere con mi mal ejemplo escandalizado, me perdonen; las cuales lo hagan porque Dios les perdone; y asimismo perdono de todo corazón a todas las personas que me hubieren hecho algún daño, y con entrañable amor las amo en Jesucristo mi Señor, que con Dios Padre, en unidad del Espíritu Santo, vive y reina en vida perdurable por todos los siglos de los siglos”.

Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad.

“Felices los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios”

El corazón representa nuestras intenciones verdaderas y esta bienaventuranza se refiere a quienes tienen un corazón sencillo y puro. Es verdad que no hay amor sin obras de amor, pero el Señor espera una entrega al hermano que brote del corazón, ya que “si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría” (1 Co, 13,3). Cuando el corazón ama a Dios y al prójimo, cuando esa es su intención verdadera y no palabras vacías, entonces ese corazón es puro y puede ver a Dios. El amor de Don Miguel hacia los pobres no fue otra cosa que una manifestación de su ardiente amor a Dios, consecuencia de su firme fe y esperanza. El Venerable ama a Dios sobre todas las cosas y su único anhelo es asemejarse en lo posible a Él por medio de la caridad: conocerle mejor, amarle con todas sus fuerzas e ingeniarse por todos los medios para tenerle contento y alcanzar la perfección. Para Mañara, Dios es “el dulce amigo de su alma”, y para gloria de Dios construye la iglesia, escribe alabanzas y da gracias por los beneficios recibidos.

“Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, esto es santidad”.

“Felices los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.

Los pacíficos son fuentes de paz, construyen paz y amistad social. No es fácil construir esta paz evangélica que no excluye a nadie, sino que integra también a los que son algo extraños, a las personas difíciles y complicadas, a los que reclaman atención, a los que son diferentes, a quienes están muy golpeados por la vida, a los que tienen otros intereses. Requiere una gran
amplitud de mente y de corazón. Podemos afirmar sin lugar a dudas que Miguel Mañara fue un incansable trabajador por la paz: él no hizo distinción de personas ni de ideologías en su servicios, sino que a todos ofrece la hospitalidad de la Santa Caridad. Acoge a todos los necesitados ya sean pobres mendicantes, niños desamparados, enfermos incurables, presos de la cárcel, apestados o cautivos ingleses considerados entonces como enemigos y herejes. Todo ello lo hizo de una forma valiente y sin respetos humanos. Pero, además, Don Miguel, a nivel personal, también va adquiriendo la paz que da el dominio de su carácter, llegando a suscitar una suave moderación en sí mismo y admiración en otros, así como llegando a ejercer gran influencia sobre los demás para conseguir lo que se propone a mayor gloria de Dios.

“Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad”.

“Felices los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos”.

Jesús remarca que su camino va contracorriente hasta el punto de convertirnos en seres que cuestionan la sociedad con su vida, personas que molestan. Las persecuciones no sólo se sufren de manera cruenta, como los mártires, sino también de un modo más sutil a través de calumnias y falsedades o de falsedades que intentan desfigurar nuestra fe y hacernos pasar por seres ridículos. Precisamente Miguel Mañara sufre segundo tipo de injusticias: en vida hay gente que le critica y recibe injurias de aquellos mismos que de él reciben limosna y caridad. Es objeto de sospechas por parte de hermanos de la misma hermandad cuando solicita unirse a la Santa Caridad. Incluso después de muerto, Don Miguel ha sido víctima de la injusticia que ha supuesto la deformación de su imagen por parte de autores que faltan al más mínimo rigor histórico, habiendo ello incidido, sin duda, en el insuficiente conocimiento por parte del pueblo de la grandeza de su figura como cristiano fiel a su Maestro.

“Aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos traiga problemas, esto es santidad”.

3. Conclusión.

Como hemos visto Miguel Mañara reconoció claramente a Cristo en los pobres y sufrientes e intentó así configurarse él mismo con Cristo. Esta es la auténtica verdad de Miguel Mañara, la de un cristiano cabal, que vivió las Bienaventuranzas. Y vivir las Bienaventurazas, esto es santidad.

La Iglesia ya proclamó este hecho cuando San Juan Pablo II reconoció las virtudes heroicas del Venerable. Ahora es responsabilidad especial de la Hermandad de la Santa Caridad proponer el modelo de Don Miguel a todo el pueblo cristiano para que los fieles se encomienden a él en sus oraciones a Dios. Pero para ello, los primeros convencidos tenemos que ser los hermanos de la Caridad. No dejemos que nuestra tibieza mantenga oculto o desfigurado por más tiempo este gran tesoro de la Iglesia, que es Don Miguel. En un momento como el actual de gran turbación para la Iglesia universal y en el que los laicos están llamados a asumir un mayor protagonismo, propongamos a Miguel Mañara como modelo de seglar que con la fuerza del Bautismo fue capaz de vivir el programa de santidad marcado por el único Maestro. Pongamos este propósito en manos de María, nuestra madre, a la que el Venerable proclamó como Abogada y Patrona de nuestras obras.