El testamento de Miguel Mañara

El testamento ológrafo, cerrado y sellado, del siervo de Dios, de que eran testigos, los hermanos de penitencia, Juan Meléndez, Juan de Jesús, Pedo de Jesús y Domingo de las Ánimas, el paje Juan Alonso de Velasco y los caballeros Nicolás de Sotomayor y Teodoro Fernández.

Había sido firmado ante el mismo escribano Cano, el 17 de marzo de 1679. Puedes descargar la reproducción del testamento pulsando la imagen.

Testamento del venerable caballero Miguel Mañara

En el nombre de Dios, todopoderoso, Padre, Santísimo nuestro, omnipotente y santo, sabio, inmenso, creador de todas las cosas, principio y fin de toda criatura, por quien somos, vivimos y nos movemos, Trino en Personas distintas, siendo un solo Dios, verdadero, Rey inmortal, invisible, omnipotente y santo; delante, de cuya majestad yo, su pobre esclavo, estoy escribiendo este mi testamento y postrera voluntad; el cual (esto es, el verbo Divino) por nuestra salud bajo del cielo a la tierra, y, tomando nuestra naturaleza en las puras entrañas de Santa María Virgen, nació en un pesebre, pobre desamparado del mundo, quedando Virgen, la que fue madre: fue Salvador del mundo, muriendo en una cruz entre los ladrones: bajó a los infiernos y sacó las ánimas de los justos, que desde el principio del mundo estaban depositadas en el seno de Abraham, nuestro padre: resucitó de entre los muertos al tercer día, y después de cuarenta subió a los cielos, de dónde ha de venir el postrero día, a juzgar el mundo, después de la universal resurrección, adonde dará a cada uno el premio de su trabajo; a los malos, el fuego eterno, con Satanás y sus ángeles, y a los buenos, el santo paraíso, morada de los justos, sus escogidos.

Este es el Dios omnipotente. A quien adoro: es mi padre, mi madre, mi hermano y todo mi linaje; mi alma, mi vida y todo mi corazón; Dios de mis padres y mío; este invisible y único señor creo y confieso, y todo lo que no es Él digo es mentira y lo digo por estiércol y basura y quimera de hombres vanos y ridículos; y lo quisiera adorar con la misma inocencia y fe que lo adoraron y confesaron nuestros padres, Abraham, Isaac y Jacob, y los demás Santos de nuestra madre católica Iglesia.

Yo, pequeñuelo delante de su inmutable acatamiento, en el nombre de Jesús, que es sobre todo nombre, y el de Santa María Virgen, su bendita, madre, y en el nombre de los bienaventurados amigos y siervos de Dios San Benito, mi padre, San Francisco, Santa Teresa, San Eustaquio, San Pafnucio y el Santo profeta Elías, mis especiales abogados.

Yo, Don Miguel Mañara, ceniza y polvo, pecador, desdichado, pues, los más de mis malogrados días ofendí a la Majestad altísima de Dios, mi Padre, cuya criatura y esclavo vil me confieso.

Serví a Babilonia, y al demonio, su príncipe, con mil abominaciones, soberbias, adulterios, juramentos, escándalos y latrocinios, cuyos pecados y maldades no tienen número, y sola, la gran sabiduría de Dios puede numerarlos, y su infinita paciencia sufrirlos, y su infinita misericordia perdonarlos. ¡Ay de mí! ¡Quien se cayera muerto antes de acabar estos renglones; pues van bañados con mis lágrimas, fueran acompañados con el postrer, suspiro de mi vida! Pero pues Dios no lo quiere, así se haga: estando en su venerable, presencia, en mi entero, juicio y buena salud, dones de su santísima mano, juzgando a su divina Majestad servido, se hagan las últimas voluntades y disposiciones con libre voluntad y entero, conocimiento, y no aguardar a la hora de la muerte hacerlo, por ser tiempo, tenebroso y de oscuridad, hago y otorgo este mi testamento cerrado, en la forma siguiente:

Mando mi alma, con toda entera y libre voluntad, a Dios Nuestro Señor, que la crió y la redimió, y aunque indigna (por sus abominables pecados) de acotar, con tal santidad y pureza como la de su divina Majestad, pongo por medianera delante de su recta justicia, la sangre de mi Señor Jesucristo, e invoco por mi especial abogada (¡gran cosa fuera el ruego de los santos, la bondad de los ángeles, la intercesión de la Virgen nuestra Señora! Así lo confieso) pero yo elijo por mi especial abogada a la misericordia y entrañable caridad de Dios mi Señor: ella me cubra, ella me defienda, ella me ampare delante de su tremendo, juicio.

Padre mío, padre mío, padre mío, acuérdate que tienes misericordia; y espero firmísimamente que, por los méritos de mi Señor Jesucristo, sacrificio nuestro, en algún tiempo he de ver tu paternal rostro, y con esta esperanza, vivo y muero.

Ítem, mando a mi cuerpo a la tierra, a la corrupción y gusanos, mi madre y mis hermanos, que lo tengan en depósito hasta que el Señor de todas las cosas, el fin del mundo, lo vuelva a la vida.

Ítem, mando, que luego que yo fallezca sea puesto mi cuerpo sobre una cruz de ceniza, como mandan nuestras definiciones: los pies descalzos y envuelto en la mortaja de mi manto; un Santo Cristo, a la cabecera, con dos luces, y descubierta mi cabeza. De esta suerte han de llevar mi cadáver en las andas de los pobres, con doce clérigos y no más, sin pompa ni música, a la iglesia de la Santa Caridad, y se le darán sepultura terriza en el cementerio de dicha iglesia, que es el pórtico, a la entrada de la iglesia, fuera de la puerta, para que todos me pisen y huellen; y allí sea sepultado mi sucio cuerpo, indigno de estar dentro del templo de Dios. Y es mi voluntad se ponga encima de mi sepultura una losa de media vara en cuadro, escritas en ella estas palabras: “Aquí yacen los huesos y cenizas del peor hombre que ha habido en el mundo. Rueguen a Dios por él”

Ítem, declaro que por la gracia y misericordia de Dios no debo a nadie nada de maravedises algunos; pero por ser la memoria frágil, ordeno y mando, que si pareciese alguna deuda mía, por instrumento público o en alguna memoria firmada de mi nombre y mano, se esté lo que en ella se dijere, y se pague ante todas cosas de lo precedido de mis bienes.

Ítem, nombro por universal heredera a mi alma para que lo que se hallare de mis bienes se gaste en santas obras del agrado de Dios Nuestro Señor.

Ítem, declaro que por cláusula de mayorazgo que poseo, me da facultad para poder testar de la mitad de la renta del año, después de mi fallecimiento; la cual dicha mitad, y lo que se hallare en cartas de pago de los juros, se distribuya en la forma siguiente:

Primeramente, con la tercera parte que montaron mis bienes, se me diga un novenario de misas en la iglesia de la Santa Caridad, y lo demás de misas rezadas en dicha iglesia.

Ítem, mando se le den a Catalina Hermosa, por haberme servido más de treinta años, doscientos ducados por una vez.

Ítem, mando se le den a Juan Alonso de Velasco, por haberme servido más de treinta años, doscientos ducados de vellón por una vez; y si se hubiera muerto en las Indias, a su mujer o a sus hijos.

Ítem, mando a María Josefa, que he criado, por haberme servido de balde, doscientos ducados por una vez; los cuales tiene en su poder Catalina Hermosa para dicho fin.

Ítem, mando a María de Santa Inés, y a María de San Vicente, monjas profesas en el convento de Santa María de Gracia, huérfanas, que yo crié, cien ducados a cada una por una vez.

Ítem, mando a María de Hoyos, que me está sirviendo, se le pague lo que se le debe de su ración, y se le den doscientos reales de limosna.

Ítem, a Doña Luisa de Esquivel, viuda pobre de Vicente Rodríguez de Medina, se le den quinientos reales de limosna por una vez.

Ítem, a don Pedro de Medina, hijo del dicho Vicente de Medina, se le den otros quinientos reales.

Ítem, el Sr. D. Juan Santos de San Pedro, mi confesor, por la voluntad que le tengo, y porque se acuerde de encomendarme a Dios, se le dé un Santo Cristo de marfil que tengo.

Ítem, a don Francisco Caravallo se le dé el breviario grande en que rezo.

Ítem, mi hermana Doña Isabel Mañara, por el amor que le tengo, y que me encomiende a Dios, se le dé un Santo Cristo que yo tengo pintado en una cruz en la cabecera de mi cama.

Ítem, Ana Jiménez, una pobre viuda que vive en Triana, se le de mi cama.

Y lo que quedare del resto de mis bienes, se les entregue a mis hermanos la Santa Caridad para que lo gasten en el sustento de los pobres, enfermos, y leña para que se calienten los pobres peregrinos.

Y para cumplir este mi testamento, mandas y legados, y todo lo que en él va contenido, dejo por mis albaceas y testamentarios a mí muy caro padre y  señor, el Dr D. Juan, Santos de San Pedro, y a mi sobrino del Marqués de Paradas, y a mi primo Don Juan Vicentelo, para que todos juntos, o cada uno in solidum, ejecuten está mi postrera voluntad. Y cumplido este mi testamento en todo y por todo, según y como en él se contiene, sin glosa ni interpretación, y aunque se ha pasado el año de albaceazgo, no se les tomé cuentas a dichos mis albaceas, sino que esté a lo que ellos dijeron, que para todo les doy todo mi poder cumplido; y les pido, puesto a sus pies, ejecuten esta mi postrer voluntad como aquí va referida, particularmente en lo que toca a mi funeral y entierro, sin salir un punto de cómo lo tengo ordenado, por ninguna razón y pretexto, por ser así la voluntad de Dios. Y si no lo hicieron, el Señor de vivos y muertos, se lo demande, porque quisieron oír las voces del mundo fantástico soberbio, y no la voz de la humildad y desprecio, adonde habita Dios, y porque quisieron seguir las razones vanas, llenas de Fausto y vanidad, gastando el dinero con que se puede remediar a Cristo en sus pobres, en la vana pompa de dar sepultura, un cuerpo podrido, donde se han encerrado tantos pecados y abominaciones. Miren lo que hacen, que delante de Dios les tengo que acusar y pedir justicia, y estas letras han de ser su fiscal.

Ítem, revoco y anulo cualquiera otro testamento que hubiere fecho, y sólo quiero y es mi voluntad que valga este, y se tenga por mi última voluntad. Y pido por amor de Dios todopoderoso a todas las personas a quien hubiere ofendido, que serán muchas, y a las que hubiere con mi mal ejemplo escandalizado, me perdonen; las cuales lo hagan, porque Dios los perdone; y asimismo perdono de todo corazón a todas las personas que me hubieran hecho algún daño, y con entrañable amor las amo en Jesucristo, mi señor, que con Dios Padre, en unidad del Espíritu Santo, vive y reina en vida perdurable por todos los siglos de los siglos. Amén.

Fecho en 17 de marzo de 1679

Don Miguel Mañara.