Venerable Miguel Mañara: un carisma de hoy

Cuando estamos en el empeño de beatificar a Miguel Mañara, nos asalta la pregunta: ¿el carisma de un hombre que vivió en el siglo XVII, es actual? La respuesta conjuga los tiempos verbales: no solo lo fue, sino que lo es y lo será. Pasado presente y futuro al unísono, sencillamente porque el carisma es el don o talento, dado por el Espíritu Santo a un creyente para edificar espiritualmente a la comunidad cristiana. Desde nuestro bautismo, todos hemos recibido el Espíritu Santo, reafirmado por el sacramento de la Confirmación, y que nos capacita para ser testigos.

La única condición para poseer un carisma, obviamente, es descubrirlo, tener la sensibilidad de saber cómo y cuándo Dios te habla, te encomienda una misión. Es lo que los cristianos llamamos vocación. Para nosotros existe una común: la santidad, realizada y vivida bajo distintas formas. Así, recordando la máxima de que “los santos no nacen sino que se hacen”, a Miguel Mañara, en un momento de su vida, “Dios lo llama a una vida más ajustada” que diría su primer biógrafo, el P. Cárdenas. Este llamamiento, de manera inicial, lo hizo a través de solicitarle el cuidado y la atención necesaria para con su esposa, Dña. Jerónima, en los momentos postreros de su agonía. Esta realidad, que pudiera parecer cotidiana, como haría cualquier esposo, en Mañara adquirió una peculiar significación: el Señor asiste su entendimiento dándole a conocer con gran claridad la brevedad de la vida, la certidumbre de la muerte y la vanidad de las glorias del mundo. De ahí arrancará todo.

Este hecho le hizo descubrir con fuerza un aspecto peculiar del misterio divino, desde donde divisa toda la vida cristiana, y que en su caso será Jesucristo, crucificado, abandonado y sepultado. Y a éste lo verá reflejado en sus “amos y señores los pobres”.

A través de la fe el hombre, ayudado por la gracia, hace una entrega libre y razonablemente a Dios aceptando todo lo que Él ha dicho y revelado en su Hijo Jesucristo, siempre a través de la mediación de la Iglesia. De este modo el Venerable Miguel Mañara, como nosotros, al ser discípulos de Jesús, no sólo debemos guardar la fe y vivir de ella, sino que también hemos de profesarla, testimoniarla y difundirla. Es precisamente en esto en lo que Mañara fundaba sus decisiones, como queda reflejado en sus escritos, y se evidencia en los actos de piedad señalada en el manual-devocionario propio de la Hermandad, o en los ejercicios obligatorios para todos los hermanos.

Es precisamente la fe, convertida en roca sólida, la que da sentido a su estilo de vida austero, llenándole el corazón de confianza en la Providencia Divina y que le hace dar la vida por aquellos que son los predilectos del Evangelio: “bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5,3).

Hay otra virtud teologal, significativa: la esperanza. Por ella aspiramos a contemplar a Dios y a la Vida eterna como felicidad suprema. Es característico del Venerable vivirla intensamente a través de la meditación mensual de los Novísimos (muerte, juicio, infierno, y gloria). Dicha meditación no era un acto de piedad o reflexivo más, sino que lo juzgaba como “la  medicina la más eficaz para nuestra salud”.  Hoy nos puede parecer desfasado, tal vez debido a la carga de temor, o de fomentar un pesimismo existencial, y desentenderse de las realidades terrenas. Por el contrario: llena el corazón de confianza y amor a Dios que “quiere nuestra salud y no nuestra condenación”, nos protege del desaliento o desfallecimiento, nos cura del inmanentismo materialista, y nos hace más realistas, pues somos hombres en camino.

Por último la caridad, que todo lo envuelve, pues es la primera de las virtudes teologales (cf. 1Co 13,13). La especificidad de la manera en la que vivió provocó muy pronto la admiración de todos. Pero en ¿en qué consistía? Lógicamente en la dignidad y respeto en su forma de relacionarse con los demás, la delicadeza de trato con los Hermanos de la Caridad y, sobre todo, en el amor que mostraba en el servicio y asistencia a sus “amos y señores” los pobres. Por ellos entregó lo que era y tenía, su “vida y hacienda”, de ahí que sea considerado Apóstol de la Caridad. Su única y última razón fue la de que todos, los pobres y nosotros, somos “imagen y semejanza de Dios”.

Somos creyentes, esperamos la manifestación gloriosa de nuestro Dios y Señor, mientras caminamos urgidos por la caridad, siguiendo el modo de vida propio de laicos del siglo XXI, que toman como ejemplo al Venerable Mañara. Por tanto, su carisma es de rabiosa actualidad. Han pasado los siglos, pero lo que viene de Dios nunca pasa.

Ángel Antonio Faílde Rodríguez, Pbro.

Vicepostulador de la causa