Llegada a la Hermandad de la Santa Caridad (1662)

A mediados de agosto de  1662, Miguel Mañara,  paseando por los márgenes del río, en el Arenal, junto a las atarazanas de la ciudad, llega a la capilla de San Jorge, sede de los hermanos de  la  Hermandad  de  la  Santa   Caridad,  una   cofradía  que   venía   funcionando   en  Sevilla  desde  mediados   del  siglo XVI. Los hermanos se  dedicaban a  enterrar a los  ajusticiados y  a los  que  morían  desamparados por  las  calles o como  consecuencia de pestes  y riadas,  a pedir limosna  para  su entierro y funerales, a recoger pobres  enfermos y llevarlos  en propias sillas  a los distintos hospitales.

A pesar de la  oposición   que  presentaron algunos   de  los  hermanos, Miguel Mañara es  admitido en  la  Hermandad el  10  de  diciembre del  mismo año.  Por este tiempo pertenecían a dicha  cofradía un  centenar de  caballeros   de  lo  más  florido   de  la  ciudad.

Reales atarazanas junto a la Iglesia de San Jorge

No han pasado muchos días cuando Mañara pide que se le conceda asistir   a los entierros de los pobres durante el mes de enero siguiente e ir pidiendo, para ello,  limosna  por  las  calles. Asimismo, se compromete a “pedir en la puerta de la catedral todos los días de fiesta”.  En el mismo mes es nombrado, “por voz de todo el cabildo”, diputado o consiliario de gobierno de la Hermandad. En una riada que hubo en abril del mismo año fue repartiendo limosnas por los barrios más afectados y empobrecidos. Conmovido al ver a tantos que andaban desamparados y enfermos por las calles, propone a los hermanos en cabildo de 9 diciembre de 1663 la  creación  de  una  especie  de hospicio donde se les diera cobijo hasta poder llevarlos a los hospitales. Los hermanos no  ven  oportuno, de  momento, llevar  a  cabo   esa  obra.

Mientras tanto, Miguel Mañara sigue maravillando a  unos  y a otros por su  vida de  soledad, su mortificación y el celo que muestra en llevar a cabo las obras de piedad que  le encomendaban. Los hermanos se iban dando cuenta de la “ardiente caridad que resplandecía en  él y  cuán gustoso asistía en sitio tan inmundo y desacomodado y en  tanta miseria, quien poco antes rozaba sedas y olandas, sirviendo a  los  pobres”.